La presente ponencia fue presentada en la Jornada de Infancias, Adolescencias y pantallas organizadas por la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA.

Introducción

La expansión de la conectividad digital ha modificado de manera profunda las condiciones en las que se desarrollan las experiencias de socialización, comunicación y construcción de identidad de niñas, niños y adolescentes. En sociedades caracterizadas por altos niveles de acceso a Internet y por una presencia temprana y cotidiana de dispositivos conectados, la pregunta ya no puede limitarse a quién accede, con qué frecuencia o desde qué dispositivo. El desafío contemporáneo consiste, más bien, en comprender qué formas de presencia, conversación, reconocimiento y vínculo se configuran en entornos donde la conexión se ha vuelto prácticamente permanente.

Los datos que dieron inicio a esta exposición permiten dimensionar este desplazamiento. En la actualidad, el acceso a Internet constituye una experiencia ordinaria para una parte mayoritaria de adolescentes y jóvenes. En Argentina, por ejemplo, el 94,8 % de los adolescentes de 13 a 17 años utiliza Internet; entre los 9 y 17 años, el acceso a Internet en el hogar y la disponibilidad de un teléfono celular propio alcanzan niveles cercanos a la universalización. La navegación diaria mediante el teléfono celular forma ya parte de las rutinas ordinarias de las adolescencias.

Este escenario obliga a desplazar el análisis. En contextos de alta conectividad, el interrogante central deja de ser exclusivamente el del acceso para pasar a considerar la calidad relacional de la experiencia conectada: cómo se administra la presencia, qué ocurre con la conversación, cómo se experimenta la espera, la interrupción, la disponibilidad y qué modalidades de vínculo se aprenden y naturalizan. Este desplazamiento constituye el punto de partida de la noción de silencio infinito desarrollada en esta presentación.

El silencio infinito no remite a una ausencia de mensajes ni a una reducción cuantitativa de las interacciones. Por el contrario, emerge en un entorno saturado de intercambios, notificaciones, imágenes y conversaciones. La paradoja reside precisamente allí: una conectividad permanente puede coexistir con una menor disposición a la conversación, con formas crecientes de administración de la exposición ante los otros y con vínculos cada vez más controlables, editables y previsibles.

Para abordar este tema propongo articular dos momentos de la obra de Sherry Turkle. El primero se vincula con las reflexiones de Reclaiming Conversation sobre el pasaje de la conversación cara a cara hacia formas de comunicación mediadas, editables y administrables. El segundo corresponde a Artificial Intimacy, donde esa transformación adquiere una nueva dimensión: ya no se trata únicamente de comunicarnos con otros seres humanos a través de dispositivos, sino de comenzar a interactuar directamente con sistemas que se presentan como interlocutores capaces de escuchar, acompañar, recordar y cuidar.

De la conectividad a la conversación administrada

En Reclaiming Conversation, Turkle ya había advertido que el crecimiento de la conectividad no implicaba necesariamente un fortalecimiento de la conversación interpersonal. Estar permanentemente disponibles para recibir mensajes no equivale a sostener espacios de intercambio caracterizados por la escucha, la negociación y la reciprocidad.

La conversación cara a cara posee, desde esta perspectiva, una característica difícil de eliminar: ocurre en tiempo real. Mientras hablamos pensamos, dudamos, nos equivocamos, nos corregimos y respondemos a un otro cuya reacción no controlamos. La conversación incluye silencios, interrupciones, vacilaciones y desacuerdos. No existe una versión final de lo que vamos a decir antes de decirlo.

Esta dimensión aparece de manera particularmente nítida en uno de los testimonios recuperados por Turkle: un joven de dieciocho años explica que prefiere enviar mensajes antes que conversar. La conversación “ocurre en tiempo real” y no permite controlar completamente aquello que se dice. Los mensajes, en cambio, pueden editarse y permiten seleccionar la imagen que se presenta ante el mundo. Turkle observa que, progresivamente, los encuentros en tiempo real empiezan a experimentarse como situaciones estresantes.

La mediación digital introduce así una posibilidad inédita de administrar la exposición. Podemos corregir antes de enviar, seleccionar qué aspecto de nosotros mismos mostrar, postergar una respuesta, dejar un mensaje sin contestar, silenciar una conversación, bloquear a un interlocutor o simplemente desplazarnos hacia otro contenido.

Estas posibilidades no deben ser interpretadas en sí mismas como negativas. Forman parte de los recursos expresivos y comunicacionales de la vida contemporánea. El problema aparece cuando esas formas de control comienzan a constituirse en el modelo esperado de toda interacción.

En ese contexto, la espera puede convertirse en frustración; la interrupción, en molestia; la diferencia, en algo que puede evitarse; y la vulnerabilidad, en una exposición innecesaria. La presencia del otro deja de ser solamente una oportunidad de encuentro y comienza también a experimentarse como una interferencia en un flujo individualizable.

De este modo, prácticas aparentemente menores —mirar sin intervenir, dejar el visto (el famoso doble tilde), silenciar, bloquear o pasar inmediatamente a otro contenido— adquieren una fuerte dimensión social y afectiva. No son simplemente operaciones técnicas. Administran cercanía y distancia, reconocimiento y rechazo, pertenencia y exclusión. El silencio digital puede, por lo tanto, ser profundamente activo: una forma de respuesta construida precisamente mediante la ausencia de respuesta.

La fricción como dimensión constitutiva del vínculo

Uno de los conceptos centrales de Turkle para comprender esta transformación es el de fricción.

Las relaciones humanas están atravesadas por la existencia de otros que poseen necesidades, tiempos, deseos y expectativas diferentes de las nuestras. Incluso las conversaciones más afectuosas requieren negociación. La familia, la amistad, la enseñanza, el amor y el trabajo implican necesariamente momentos de desacuerdo, demora, ambivalencia y vulnerabilidad.

Turkle sostiene que la conexión humana está precisamente “plagada de fricción” y que incluso las conversaciones más amorosas implican negociación. Frente a ello, los chatbots aparecen como una alternativa extraordinariamente seductora porque pueden ofrecer disponibilidad permanente, atención personalizada y una interacción que minimiza la posibilidad de rechazo.

Esta cuestión resulta particularmente relevante cuando pensamos en infancias y adolescencias. Esperar, negociar, reconocer, disentir y pertenecer no son capacidades abstractas. Se aprenden en el ejercicio mismo de los vínculos.

Aprendemos a esperar cuando el otro no responde inmediatamente. Aprendemos a negociar cuando encontramos intereses diferentes de los propios. Aprendemos a reconocer al otro interpretando sus gestos, silencios, tonos, incomodidades y vulnerabilidades. Y aprendemos a pertenecer cuando construimos referencias y experiencias comunes que no están organizadas exclusivamente alrededor de nuestras preferencias individuales.

La socialización, en este sentido, no puede reducirse a una transferencia de información. Supone exposición a otros que no controlamos completamente. La fricción no constituye una falla de la relación: forma parte de las condiciones que hacen posible el encuentro.

De la conversación mediada a la intimidad artificial

La aparición de los chatbots generativos introduce un segundo momento en esta transformación.

Turkle propone una genealogía muy clara. Primero hablamos entre nosotros. Después hablamos entre nosotros a través de máquinas. Ahora comenzamos a hablar directamente con las máquinas.

En este recorrido, los teléfonos inteligentes y las redes sociales ocupan un lugar decisivo. Según Turkle, estos dispositivos ofrecieron conexión constante pero menos conversación y nos acostumbraron a relaciones en las que podíamos sentirnos menos vulnerables. De esta manera, prepararon culturalmente el terreno para la intimidad artificial: compañía sin las exigencias de la amistad e intimidad sin las exigencias de la reciprocidad.

Los sistemas conversacionales llevan esta lógica un paso más allá. Un chatbot puede simular escucha, interés, memoria y disponibilidad. Puede responder rápidamente, adaptar el tono del intercambio, recordar información previa y producir una respuesta lingüísticamente apropiada a un estado emocional.

Pero para Turkle esas capacidades no equivalen a una relación. Una relación humana supone historia, experiencia, cuerpo, vulnerabilidad, responsabilidad y compromiso. El chatbot puede producir palabras adecuadas sin compartir ninguna de esas condiciones. El problema no reside solamente en que la máquina no sienta. El problema es que nosotros podemos comenzar a aceptar la performance de empatía como equivalente de la empatía misma.

Turkle formula este riesgo con particular claridad: cuando comenzamos a amar los objetos con los que pensamos, también comenzamos a pensar la conversación, el cuidado y la empatía en los términos de aquello que esos objetos pueden ofrecer.

Así, la pregunta deja de ser “¿puede una máquina sentir?” y pasa a ser otra mucho más inquietante: ¿qué sucede con nuestra propia definición de empatía cuando una respuesta lingüísticamente adecuada empieza a parecernos suficiente?

El “como si” y la simulación relacional

Para ampliar nuestra visión, Turkle recupera la noción psicoanalítica de las personalidades “como si”, desarrollada por Helene Deutsch. Los chatbots funcionan, dentro de esa lógica. Se comportan como si comprendieran, como si recordaran, como si se preocuparan, como si hubiera una relación. El usuario puede saber racionalmente que está interactuando con un programa y, al mismo tiempo, experimentar subjetivamente la sensación de estar siendo escuchado.

La fuerza de la intimidad artificial se encuentra precisamente en esa doble conciencia. Sabemos que no hay una persona, pero sentimos que alguien nos escucha y actuamos como si existiera un vínculo.

Turkle sostiene que los sistemas conversacionales producen una versión maquínica de relaciones simuladas. Pueden imitar las formas externas de la interacción, pero no establecer una conexión en el mismo sentido en que lo hacen las personas.

Esta distinción es especialmente significativa en relación con las adolescencias, porque se trata de una etapa central para la construcción de autonomía, competencia e identidad. Turkle retoma a Erik Erikson para señalar que todas las etapas del desarrollo humano ocurren en un mundo social y que la sociabilidad implica responsabilidad, consecuencia y cuidado. La mera interactividad de un sistema no equivale, por lo tanto, a sociabilidad.

¿Qué sabemos sobre el uso afectivo de los chatbots?

La preocupación teórica de Turkle puede ponerse en diálogo con investigaciones recientes sobre el uso afectivo de ChatGPT.

El estudio presentado en esta exposición combina dos estrategias metodológicas: un análisis a gran escala de conversaciones de la plataforma y un ensayo controlado aleatorizado de 28 días. El primer estudio analizó más de tres millones de conversaciones y aproximadamente 36 millones de clasificaciones automatizadas; el segundo incluyó 981 participantes y más de 31.000 conversaciones.

Los resultados permiten evitar interpretaciones simplistas.

En primer lugar, la mayoría de los usuarios no mantiene de manera predominante conversaciones afectivas con los sistemas. Las señales de uso emocional se concentran en una distribución desigual: un pequeño subconjunto de usuarios intensivos presenta una frecuencia mucho mayor de señales relacionadas con afectividad, apoyo, dependencia o lenguaje relacional.

En segundo lugar, el tiempo de uso aparece como una variable especialmente importante. El estudio experimental encontró que una mayor duración de uso se asociaba con mayor soledad y menor socialización. Al mismo tiempo, los resultados muestran que no existe un efecto único atribuible exclusivamente a la modalidad de interacción. Intervienen las condiciones iniciales de los participantes, sus predisposiciones, el tipo de conversación y el tiempo de exposición.

En tercer lugar, la propia investigación advierte contra cualquier interpretación causal simplificada. Los usuarios que buscan vínculos afectivos pueden tender a elegir determinadas modalidades, al mismo tiempo que las respuestas del sistema pueden reforzar ciertos patrones de interacción. Esto configura un bucle de retroalimentación entre predisposiciones del usuario, diseño de la interfaz, duración del uso y respuesta del modelo.

La investigación denomina alineación socioafectiva al problema de cómo deberían responder estos sistemas cuando intervienen en contextos emocionalmente significativos. El desafío consiste en evitar que la optimización de la interacción derive en manipulación de necesidades socioafectivas, dependencia o reforzamiento de patrones problemáticos.

La evidencia, por lo tanto, no permite sostener que los chatbots produzcan automáticamente aislamiento o dependencia. Pero tampoco permite considerar la interfaz como un canal neutral.

La duración de uso, el tono de las respuestas, la memoria, la voz, la personalización y el modo en que el sistema se presenta ante el usuario forman parte de una arquitectura afectiva que organiza determinadas posibilidades de relación.

Dos formas del silencio infinito

Desde esta perspectiva, propongo pensar dos formas complementarias del silencio infinito. La primera es un silencio entre nosotros, los humanos. Estamos conectados, pero aprendemos a administrar la presencia. Editamos, postergamos, dejamos el visto, silenciamos o nos desplazamos. Podemos compartir un mismo espacio físico y, sin embargo, habitar flujos informacionales completamente diferentes.

La segunda es una escucha sin otro. Encontramos una respuesta inmediata, personalizada y lingüísticamente pertinente, pero no existe del otro lado una subjetividad vulnerable, una historia compartida ni alguien que pueda asumir responsabilidad por aquello que se dice.

La paradoja contemporánea aparece entonces con mayor claridad: puede disminuir la conversación con quienes están presentes mientras aumenta la conversación con sistemas que están siempre disponibles.

En ese desplazamiento, la pregunta no es solamente tecnológica. Es también pedagógica, cultural y política.

A modo de cierre

No estamos ante una sociedad sin comunicación. Estamos ante una transformación profunda de las condiciones de la conversación. Las tecnologías digitales han ampliado extraordinariamente nuestras capacidades de conexión, expresión y acceso a información. El problema no consiste en negar esas posibilidades ni en imaginar un retorno a un mundo sin pantallas.

El desafío consiste en preguntarnos qué dimensiones del encuentro queremos preservar: la posibilidad de escuchar a Otro que no siempre responde como esperamos, de atravesar desacuerdos, de tolerar la espera y de construir vínculos que no podemos controlar por completo.

Escuchar a alguien que no piensa como nosotros. Esperar una respuesta. Sostener un silencio incómodo. Atravesar un desacuerdo. Reconocer que el otro tiene necesidades propias. Pedir disculpas. Cambiar de posición. Construir referencias comunes. Permanecer en una conversación cuyo resultado desconocemos.

Son prácticas atravesadas por la fricción. Y justamente por eso son prácticas formativas.

En el caso de las infancias y adolescencias, esta cuestión adquiere una relevancia particular. Si buena parte de las capacidades asociadas con la empatía, la autonomía, la identidad y la convivencia se construyen en interacción con otros, no resulta indiferente qué tipo de interlocutores acompañan esos procesos.

Turkle advierte que los chatbots pueden proporcionarnos espejos en lugar de relaciones y que crecer con un objeto permanentemente adaptado a nuestras necesidades puede afectar la capacidad de reciprocidad.

Por eso, frente a la expansión de la intimidad artificial, quizás sea necesario formular una pregunta diferente de aquellas que suelen organizar el debate tecnológico.

No solamente cuánto tiempo pasan niñas, niños y adolescentes frente a las pantallas. No solamente qué contenidos consumen. No solamente si una inteligencia artificial responde correctamente.

Sino qué formas de presencia y ausencia están aprendiendo; qué expectativas construyen acerca de los vínculos; qué significa para ellos escuchar y ser escuchados; y qué capacidades dejamos de practicar cuando comenzamos a delegar la conversación.

El silencio infinito no es, entonces, la desaparición de la palabra. El riesgo es que, cuanto más nos acostumbramos a interacciones adaptadas a nuestras preferencias, más difícil resulte sostener vínculos con otras personas que no siempre responden como esperamos.

Aqui compartimos el slide desarrollado para la presentacion

Referencias

Turkle, S. (2015). Reclaiming Conversation: The Power of Talk in a Digital Age. Penguin Press.

Turkle, S. (2026). Artificial Intimacy: Who We Become When We Talk to Machines. Little, Brown and Company.

Phang, J., Lampe, M., Ahmad, L., Agarwal, S., Fang, C. M., Liu, A. R., Danry, V., & Lee, E. Investigación sobre el uso afectivo y el bienestar emocional en ChatGPT.

Fang, C. M., Liu, A. R., Danry, V., et al. (2025). How AI and Human Behaviors Shape Psychosocial Effects of Chatbot Use: A Longitudinal Controlled Study.

International Telecommunication Union. (2025). Facts and Figures 2025.

INDEC. (2025). Acceso y uso de tecnologías de la información y la comunicación. EPH–MAUTIC. Cuarto trimestre de 2024.

UNICEF Argentina. (2026). Zoom a las infancias y adolescencias en la era digital.