La discusión contemporánea sobre inteligencia artificial, automatización en vínculo con la actual guerra en la cual somos testigos, puede formularse en términos normativos restringidos: transparencia, proporcionalidad, regulación del uso, responsabilidad individual.

Sin embargo, una lectura rigurosa de The Eye of the Master, de Matteo Pasquinelli, obliga a desplazar el problema hacia un plano más fundamental. Antes de preguntarnos cómo regular los algoritmos, debemos interrogarnos por su estatuto histórico.

En el capítulo 1, Pasquinelli desmonta la definición técnica del algoritmo como simple procedimiento formal que transforma inputs en outputs. Para ello recurre a un ejemplo decisivo: la matemática ritual del Agnicayana en la India antigua. Este ritual védico (antigua ceremonia hindú centrada en ofrendas sacrificiales al fuego sagrado , dirigidas por sacerdotes para invocar deidades como Agni, Indra o Soma) implicaba la construcción de un altar siguiendo reglas geométricas extremadamente precisas, secuencias operativas codificadas y transformaciones formales repetibles. Allí encontramos pensamiento procedural, abstracción y organización secuencial mucho antes de la computación moderna.

Este gesto no es anecdótico ni exótico. Su función teórica es clara: mostrar que el pensamiento algorítmico no nace con Silicon Valley ni con la informática del siglo XX. Existen, desde hace siglos, formas históricas de organización procedural del trabajo y del conocimiento.

Sin embargo, y aquí radica la clave del argumento, una cosa es la forma algorítmica histórica —procedimientos formalizables, secuenciales y transmisibles— y otra muy distinta es su automatización maquínica masiva bajo condiciones capitalistas modernas. Lo específico del presente no es la existencia de procedimientos, sino su conversión en infraestructura técnica global, su aceleración, su generalización y su capacidad de reorganizar la vida social en tiempo real.

Desde esta perspectiva, el algoritmo no es una herramienta neutra ni una innovación puramente técnica. Es una forma histórica que cristaliza modos de organización del trabajo, del saber y del poder. La ética que se desprende de esta lectura no puede limitarse a evaluar “usos correctos” de la tecnología; debe interrogar qué forma social se ha vuelto automática.

Este desplazamiento resulta crucial para analizar conflictos contemporáneos altamente tecnologizados, como la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán. En estos escenarios, la inteligencia artificial, los sistemas de decisión automatizados, la vigilancia algorítmica y las plataformas digitales no son simples instrumentos auxiliares del poder soberano. Constituyen la formalización técnica de una racionalidad reticular, adaptativa y distribuida que reorganiza el conflicto mismo.

Si el pensamiento algorítmico ha acompañado históricamente diversas formas de organización social —desde rituales geométricos hasta la división industrial del trabajo—, su automatización contemporánea expresa una mutación estructural: la transformación del poder en sistema autoorganizado.

La pregunta ética decisiva deja entonces de ser si la inteligencia artificial se utiliza correctamente. La cuestión es otra: ¿Qué tipo de organización histórica del poder se ha convertido en infraestructura técnica?

I. De la forma ritual a la abstracción capitalista

Si aceptamos que el pensamiento algorítmico precede a la modernidad tecnológica, debemos precisar qué cambia históricamente. El caso del Agnicayana muestra que existen procedimientos formales y secuenciales en civilizaciones antiguas. Pero allí el algoritmo no es infraestructura universal: está circunscrito a una práctica ritual específica, con una función simbólica y cosmológica.

La modernidad introduce una mutación decisiva: la abstracción deja de estar limitada a prácticas localizadas y se convierte en principio general de organización social. La división industrial del trabajo, analizada por Marx y retomada por Pasquinelli, transforma la secuencia en sistema productivo permanente. El procedimiento deja de ser excepcional y se vuelve norma estructural.

En este pasaje se produce un desplazamiento fundamental:

  • El ritual organiza el mundo simbólicamente.
  • La fábrica organiza el mundo material.
  • La cibernética organiza sistemas complejos.
  • La inteligencia artificial organiza flujos informacionales globales.

La forma algorítmica, que en la antigüedad era práctica especializada, en el capitalismo se convierte en racionalidad dominante.

II. La mutación cibernética: del centro al sistema

El mencionado autor, en su capítulo 6 introduce un segundo momento clave: el tránsito desde la lógica deductiva industrial hacia la autoorganización cibernética.

La fábrica podía modelarse como secuencia lineal y jerárquica. Pero la complejidad creciente de la sociedad postindustrial hace inviable el control centralizado. Surge entonces la necesidad de sistemas adaptativos, distribuidos, capaces de operar sin un centro visible.

La autoorganización no es simplemente un descubrimiento científico; es la formalización técnica de una sociedad que ya funciona como red. La inteligencia deja de residir en un sujeto soberano y pasa a ser propiedad emergente de un sistema.

Este desplazamiento tiene consecuencias políticas profundas: el poder ya no se presenta únicamente como mando vertical, sino como regulación sistémica.

La mutación cibernética no consiste simplemente en un cambio tecnológico. Es un cambio en la forma de organización del poder y de la racionalidad. Esto es , pasamos de un control centralizado, una jerarquía visible, una secuencia lineal y una decisión localizada a una regulación distribuida, una red adaptativa, una retroalimentación permanente y por supuesto una decisión emergente.

En un modelo industrial clásico, la fábrica fordista, hay una línea de ensamblaje, cada trabajador cumple una función delimitada, existe un supervisor visible, el proceso es secuencia y la decisión es Top down o sea fluye desde arriba. Aqui como vemos es un algoritmo lineal. La inteligencia del sistema está concentrada en el diseño previo y en el mando central.

En un sistema de defensa automatizado contemporáneo, los sensores distribuidos detectan señales, los algoritmos procesan datos, existen múltiples nodos intercambian información y la respuesta emerge de la interacción. No hay un único punto donde “ocurre” la decisión. Aquí la inteligencia no está localizada; es sistémica.

En un modelo industrial clásico, la orden de disparar debía pasar por una cadena jerárquica clara. En un sistema contemporáneo, el radar detecta objeto, el sistema calcula trayectoria, el algoritmo determina probabilidad de impacto y el interceptor se activa automáticamente.

El comandante puede supervisar, pero el tiempo real excede la deliberación humana. La decisión emerge del sistema. La mutación cibernética implica la transferencia del juicio al modelo, la reducción del margen deliberativo y la importancia de la retroalimentación. No es solo automatización. Es reconfiguración del locus de decisión. Es decir, ésta ya no reside en un sujeto, sino que emerge de la interacción de una red. En la racionalidad cibernética, el poder no decide desde un centro, sino que opera como efecto emergente de una arquitectura técnica.

III. La guerra contemporánea como sistema autoorganizado

Aplicado al conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, este marco permite superar la lectura tradicional de la guerra como confrontación entre voluntades soberanas claramente delimitadas.

Hoy el conflicto opera en múltiples capas simultáneas:

  1. Militar-técnica: sistemas automatizados de defensa, drones, análisis predictivo.
  2. Informacional: guerra narrativa en plataformas digitales.
  3. Económica: algoritmos financieros reaccionando a eventos bélicos.
  4. Diplomática: redes de alianzas que responden adaptativamente.

No existe un único centro absoluto que controle la totalidad del proceso. La guerra se comporta como sistema complejo con retroalimentación permanente. La escalada no siempre responde a decisión consciente inmediata, sino a dinámicas interactivas aceleradas por infraestructura técnica.

Aquí la racionalidad cibernética se hace visible: la violencia emerge como efecto de interacción distribuida.

La caracterización de la guerra contemporánea como sistema autoorganizado no es una metáfora retórica. Es una descripción estructural del modo en que el conflicto opera bajo condiciones cibernéticas y algorítmicas. Si la mutación del siglo XX desplazó la racionalidad desde la jerarquía lineal hacia la red adaptativa, la guerra actual constituye uno de los espacios donde esta transformación se vuelve más visible.

En el modelo clásico de guerra interestatal —tal como lo conceptualiza la tradición clausewitziana— el conflicto puede describirse como enfrentamiento entre voluntades soberanas. Existe un centro decisional identificable, una cadena de mando jerárquica y una delimitación relativamente clara entre orden político y ejecución militar.

La guerra contemporánea altamente tecnologizada desestabiliza este esquema. El conflicto ya no se despliega en un único plano militar. Funciona simultáneamente en al menos cuatro dimensiones interconectadas (ya comentadas) :

  1. Militar-tecnológica: sistemas automatizados de defensa, drones, inteligencia predictiva, sensores distribuidos.
  2. Informacional: plataformas digitales, algoritmos de amplificación narrativa, manipulación de flujos comunicacionales.
  3. Económica-financiera: mercados energéticos y financieros gobernados por algoritmos de reacción automática.
  4. Geopolítica-red: alianzas regionales y actores no estatales que intervienen adaptativamente.

Estas capas no operan secuencialmente; interactúan en tiempo real. La acción en un nivel produce retroalimentación en los otros. La guerra, así, no es solo decisión estratégica sino dinámica sistémica.

En un sistema autoorganizado, la agencia se fragmenta. Ningún actor controla la totalidad del proceso, aunque todos participan en su reproducción. En la guerra cibernética:

  • Los sistemas operan en milisegundos.
  • Los mercados reaccionan en microsegundos.
  • Las redes sociales amplifican en segundos.

La aceleración técnica reduce el margen de intervención reflexiva. La política se ve presionada por la velocidad del sistema. Esto no elimina la soberanía, pero la somete a la lógica de la infraestructura.

En un sistema autoorganizado no desaparece el poder; se vuelve menos visible. No se presenta como mando vertical absoluto, sino como arquitectura regulatoria. Aqui el poder opera a través de protocolos técnicos, umbrales probabilísticos, sistemas de clasificación e infraestructuras de comunicación.

La decisión ya no es necesariamente un acto espectacular; puede ser el efecto silencioso de una configuración técnica.

Desde la perspectiva materialista de Pasquinelli, la información es trabajo social condensado y el algoritmo es forma histórica de organización. En el conflicto contemporáneo, el antagonismo geopolítico se traduce en datos, métricas y modelos. El enemigo deviene perfil estadístico. El territorio deviene mapa de coordenadas y la amenaza deviene probabilidad.

La guerra se formaliza como problema de optimización. Pero esta formalización no neutraliza el conflicto. Lo reorganiza bajo la racionalidad del cálculo.

IV. La aceleración y la suspensión del juicio

Como fuimos señalando, un rasgo central de esta mutación es la transformación del tiempo político. La decisión soberana clásica implicaba deliberación, responsabilidad y temporalidad relativamente diferenciada. La automatización militar y financiera introduce una temporalidad de milisegundos que supera la capacidad humana de intervención reflexiva.

Cuando un sistema antimisiles responde automáticamente, o cuando mercados energéticos reaccionan instantáneamente a un ataque, el margen de decisión política se reduce drásticamente.

La aceleración técnica reconfigura el espacio de la responsabilidad.

Esto no elimina la agencia humana, pero la desplaza hacia el diseño previo del sistema. La decisión ya no ocurre solo en el momento del evento, sino en la arquitectura que hace posible su ejecución automática.

Desde esta perspectiva, la ética regulatoria tradicional resulta insuficiente. No basta con exigir mayor transparencia algorítmica, protocolos de supervisión o mecanismos de accountability.

La cuestión estructural es más profunda: ¿qué tipo de organización del poder hemos decidido automatizar?

Si la guerra contemporánea se organiza como red adaptativa, entonces la violencia ya no depende exclusivamente de la voluntad directa de un actor identificable, sino de la interacción entre sistemas técnicos, intereses geopolíticos y mercados globales.

La ética estructural exige analizar la infraestructura, la arquitectura, la racionalidad de optimización y la abstracción que convierte vidas y territorios en variables.

La ética no puede agotarse en el nivel del juicio moral inmediato sobre actos particulares cuando el conflicto está estructurado por infraestructuras técnicas complejas.

En contextos de guerra altamente tecnologizada, la ética no puede limitarse al examen del acto individual o de la intención soberana. Una ética estructural exige analizar la infraestructura técnica que hace posible la decisión, la arquitectura que distribuye la agencia, la racionalidad de optimización que orienta la acción y la abstracción que traduce vidas y territorios en variables operativas.

Retomando el hilo del capítulo 1, la información no es neutral. Es trabajo social codificado y condensado. En el contexto bélico, los datos que alimentan modelos predictivos son producidos por redes de vigilancia, por infraestructura satelital, por extracción constante de señales.

El conflicto se traduce en datos; los datos reorganizan el conflicto.

El antagonismo geopolítico se formaliza estadísticamente. La violencia se vuelve calculable. Pero el cálculo no neutraliza el antagonismo; lo redistribuye.

En este punto, la tesis de Pasquinelli se radicaliza: el algoritmo no elimina la política, sino que la reconfigura bajo la forma de procedimiento automático.

Volviendo al punto inicial: si existieron formas algorítmicas en la India antigua, y si la modernidad industrial transformó esas formas en máquinas, la actualidad representa un nuevo umbral.

No estamos ante la aparición del pensamiento procedural, sino ante su generalización planetaria y su integración en infraestructuras de decisión global. La guerra contemporánea no es simplemente más tecnológica. Es estructuralmente algorítmica.

La ética no puede limitarse a humanizar la máquina. Debe interrogar la racionalidad histórica que ha hecho de la forma algorítmica el modo privilegiado de organización del poder.

Una lectura deleuziana de la guerra autoorganizada

Desde una perspectiva deleuziana, la transformación que hemos descrito no puede comprenderse simplemente como modernización tecnológica del conflicto, sino como mutación del régimen de poder. En las sociedades disciplinarias, el poder operaba mediante encierro, jerarquía y segmentación. En las sociedades de control, en cambio, el poder se ejerce por modulación continua, circulación y ajuste permanente.

La guerra contemporánea —atravesada por algoritmos, sistemas automatizados, plataformas digitales y mercados reactivos— se inscribe plenamente en esta lógica de control. No estamos ante una guerra exclusivamente decidida desde un centro soberano, sino ante un campo de fuerzas moduladas por infraestructuras técnicas que operan en tiempo real.

En este marco, el enemigo ya no es únicamente un cuerpo identificable o un territorio delimitado; deviene perfil, patrón, probabilidad. El sujeto se fragmenta en datos. La amenaza se calcula. La excepción se integra como protocolo. La decisión no desaparece, pero se distribuye y se inscribe en arquitecturas técnicas que modulan el campo de acción antes incluso de que el acto visible ocurra.

Deleuze advertía que el control no sustituye la disciplina de manera abrupta, sino que la desborda y la reconfigura. De modo análogo, la soberanía no se extingue en la guerra contemporánea; se integra en sistemas autoorganizados que la exceden. El poder no se concentra únicamente en el mando visible, sino que circula en redes de sensores, algoritmos, protocolos y umbrales probabilísticos.

La guerra, en este sentido, ya no puede pensarse solo como acontecimiento excepcional. Se vuelve condición permanente de modulación: económica, informacional, tecnológica. La frontera entre paz y conflicto se vuelve porosa; la vigilancia es constante; la anticipación sustituye a la reacción.

Desde esta mirada, la cuestión ética no desaparece, pero se transforma radicalmente. Ya no se trata únicamente de juzgar decisiones puntuales, sino de interrogar la arquitectura de control que organiza el campo de lo posible. La pregunta deja de ser solo quién decide, y pasa a ser cómo se configura el sistema que decide.

Si la mutación cibernética ha desplazado el locus de decisión hacia infraestructuras técnicas, entonces la salida ética no puede consistir en “recuperar el sujeto soberano puro” —eso sería anacrónico—. La salida no es volver atrás.

La salida es intervenir en la arquitectura.

En términos deleuzianos, la guerra autoorganizada es expresión de una sociedad donde el poder no actúa simplemente sobre los cuerpos, sino sobre los flujos —de información, de capital, de datos, de afectos. No estamos ante la ausencia de soberanía, sino ante su metamorfosis en modulación infraestructural.

Y allí reside el desafío crítico: comprender que el conflicto contemporáneo no es únicamente un enfrentamiento entre Estados, sino una manifestación extrema de un régimen de control que atraviesa la totalidad del tejido social.

La tentación estructuralista es decir “Todo es sistema, nadie decide.” Pero eso sería una forma de fatalismo técnico. La salida ética consiste en afirmar que aunque la decisión esté distribuida, la arquitectura es diseñada. Y lo diseñado puede ser cuestionado, modificado y disputado.

La agencia no desaparece. Se reubica.

Uno de los núcleos más peligrosos de la racionalidad algorítmica es que convierte la violencia en problema de eficiencia. Una salida ética fuerte implica interrumpir esa lógica: no todo lo que puede optimizarse debe optimizarse. No todo lo que puede automatizarse debe automatizarse. No toda aceleración es progreso ( y esto lo sabemos sobradamente).

La automatización elimina tiempo deliberativo. Una salida ética concreta es reinstalar tiempos de decisión humana obligatorios en procesos críticos. No como nostalgia soberana, sino como un desacople estratégico, una ralentización responsable, una suspensión ante lo irreversible.

La ética aquí es temporal.

Si todo queda en lo maquínico, desaparece la política. La salida ética consiste en reconocer que la infraestructura técnica es campo de disputa, los modelos no son naturales, los umbrales no son inevitables y por sobre todo, que las arquitecturas no son neutrales.

Hay conflicto en el diseño. Y donde hay conflicto, hay política.

Nuevos umbrales: politizar la arquitectura

Desde una mirada deleuziana, la guerra contemporánea no puede pensarse únicamente como enfrentamiento entre soberanías, sino como expresión extrema de una sociedad de control donde el poder opera por modulación continua y regulación infraestructural. La decisión ya no se presenta exclusivamente como acto soberano visible; circula en redes técnicas, se distribuye en sistemas y se activa mediante protocolos.

Sin embargo, esto no significa que la agencia desaparezca ni que la violencia sea producto autónomo de la máquina. La automatización no elimina la voluntad política; la incorpora al diseño del sistema. Lo que aparece como ejecución técnica en el presente es, en realidad, la activación de criterios, umbrales y definiciones que fueron establecidos previamente. El algoritmo no decide en el momento del evento: ejecuta parámetros definidos con anterioridad.

Por eso, la cuestión ética no puede agotarse en el juicio sobre el acto visible. Debe interrogar la arquitectura que organiza el campo de lo posible, los criterios que determinan qué cuenta como amenaza, los umbrales que autorizan la acción y las racionalidades que convierten vidas y territorios en variables operativas. La guerra autoorganizada no es destino técnico; es el resultado de configuraciones históricas y decisiones incorporadas en infraestructuras.

La crítica, entonces, no consiste en humanizar la máquina ni en demonizar la técnica, sino en politizar la arquitectura que la hace funcionar.